miércoles, 14 de abril de 2010

Vida fulera la de esta mina

Un aporte de Alicia Orman, aliciaorman@fibertel.com.ar
El cuento será publicado en el libro "La tienda de los milagros", Editorial Nueva Generación.

Estercita, la hija de la modista del barrio, vivía a dos cuadras del club Argentino Juniors, en La Paternal.
Supo surfilar costuras y hacer ojales hasta que aprendió bien el oficio convirtiéndose en una refinada costurera a la que acudían todas las pitucas de la zona.
Su papá, un tano repartidor de sifones, tenía el pie derecho dañado porque una vez al cargar la chata del reparto, le había explotado uno justo encima.
Aún así, inició a “su Estercita” en los cortes y quebradas hasta ponerla a punto para las milongas del club.
Allí iban entonces papá sodero, mamá modista, a una mesa desde donde vigilaban la movida de la milonga y la mesa de las chicas.
¡Cómo se lucía la Estercita, qué elegancia! ¡Qué gambas!... Hacían fila p’al cabeceo.
La milonga era una fiesta, buen ambiente, gente de trabajo del barrio. Toda buena gente.
Apareció un gavilán que agitó el palomar. Los hombres se inquietaron, las muchachas se encendieron.
A Estercita la marcó de cerca y empezó a acapararla.
―¡Atenti, pebeta!, seguí mi consejo, yo soy zorro viejo y te quiero bien –le dijo el tano.
―¡Ay, tatita! Es que cuando él está a mi lado me habla como un caramelo del sol, la luna y el cielo y no me puedo aguantar. El día que lo miré, me bastó pa’ convencerme que su cariño y la muerte juegan conmigo a la vez.
Y se piantó la Estercita, sin decir agua va ni agua viene.
Juntó su ropa y todas sus ilusiones y voló con el gavilán.
Anduvieron por el bajo Flores de pensión en pensión. Ella cosía hasta la madrugada y él “no tenía suerte p’al laburo” –decía.
La Estercita le pedía:
―Poneme un apartamento como tienen los bacanes, con pufis y con divanes. Un regio cuarto de baño con el líquido caliente p’a poderme bañar.
Dale, varón, buscá un trabajo liviano, aprendé las castañuelas, fabricá engrudo con gofio, poné agencia de quinielas, pensá en algo, laburá.
Te aconsejo que trabajes, que es un ejercicio sano, saludable en el invierno y mejor en el verano... no mangués y producí.
Haragán, si encontrás al inventor del laburo, lo fajás... haragán, si seguís en ese tren yo te amuro...
Pero esto no ocurrió, porque el vago le dijo un día:
―Si soy así, qué voy a hacer, nací buen mozo y embalao para el querer –y le colgó la galleta, corriendo tras una polaquita recién llegada para un burdel de Avellaneda.
Estercita con el reloj en la mano sufría su tardanza y tenía la esperanza de que iba a volver.
Pensaba en esa fulana con corazón de alcaucil que deshojaba de a poco para uno o para mil. Piba moderna, presumida y pizpireta, vanidosa y muy coqueta con romances sin amor.
Su cabecita de hembra herida, se veía con él besuqueándole la frente, con gran tranquilidad, amablemente fajándole treinta y cuatro puñaladas, para llevarse luego las pruebas de la infamia dentro de su maleta, las trenzas de esa china y el corazón de él.
Volvió vencida a la casita de sus viejos.
―El tiempo todo lo cura, Estercita –le decía su papá.
La biyuya y la buena vida también alivian, decían las malas lenguas de La Paternal.
Así fue que cuando un petitero con guita le propuso casamiento, se entregó sin chistar.
Ahora la Estercita es la señora del chalé. La seda y el percal son las prendas de su ajuar. Abrigada con armiño y paseando en voiturette.
Resultó que un verano, en un caluroso baile de carnaval, lo vio más triste y más solo que náufrago en alta mar.
Y se olvidó de que había jurado olvidarlo.
Yo me meto cuando encuentro un hombre fuerte, si me casca, me enloquece. Pero en cambio no les doy beligerancia a esos tipos que hablan de amor. Sin embargo, mi amorcito, yo puedo hacerte feliz. Cuando quede el cogoyito que es tu real corazoncito lo reservás para mí.

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