martes, 3 de noviembre de 2009

La llovizna

Relato de Gato Peter.
Un encantador aporte de Mario Vassolo.

Relato de un hecho acontecido en el interior de nuestros dilatados campos bonaerenses, el día que las copiosas precipitaciones pluviométricas sobrepasaron las capacidades de infiltración del suelo y de defensa de los pobladores de una amplia zona del área deprimida de nuestra provincia.

La llovizna.
Relatada por uno de los personajes al que le tocó vivir el evento. Dice así:

Todo empezó a media tarde, cuando un viejo salió afuera y así como una zoncera hablar de sabiduría, dijo que le parecía que esa tarde iba a llover.
Pero mucho no iba a ser, a lo sumo cuatro gotas, nadie preparó las botas, y en efecto, entró a llover; el viejo les había dicho mirando la luna llena, que no valía la pena que amasaran tortas fritas.
La cosa iba a ser cortita, una nube pasajera, no había peligro de goteras, y el viejo en algo le erró; y así fue como llovió once semanas enteras.
Lluvia, como en Europa, o sea de arriba para abajo, las viejas pelaban ajo en La Estancia “El avestruz”, y se había cortado la luz, ese día justamente.
Según lo cuenta la gente que narra esta trayectoria, si no le erra mi memoria, y yo mal no los educo, se estaban jugando un truco, al oscuro, de memoria.
Se había juntado tanta agua, hasta el altor de la mesa, se le veían las cabezas a los que estaban sentados, y seguían encarnizados; orejeaban chapoteando.
Iban los naipes flotando, de muy náutica manera, en fuentes y compoteras, que la oficiaban de bote, casi oxidado el cogote, verde de humedad la pera.
Un rey de copas remando, con el canto de un as de espada, pasó que se las pelaba, en un plato hondo veloz.
Y una sota andrajosa, daba lástima de verdad, muy mojada y además, ya casi azul por el frío, y el panorama invadido por los bichos de la humedad.
En vez de mezclar los naipes, los paisanos escurrían, estiraban, retorcían, y al final, le seguían dando; se les iban oxidando los oros y las espadas, los bastos, se les brotaban, las copas, estaban llenas, pero iban buenas y buenas y ninguno le aflojaba.
Ya por el segundo treinta, los petizos ni hacían pié. Prender fuego, válgale si estba todo mojado, los fósforos denigrados por un destino fluvial, reflotaban cada cual, lo mejor que se podía, y la lluvia que seguía cargosa en el ventanal.
Los porotos para anotar, con semejante humedad, germinaban y ahí nomás, eran plantas de poroto. Estaba el equilibrio roto de la madre biología, los perros medio se hundían de nadar acalambrados y en el techo acomplejado, los gatos sobrevivían.
Los sombreros, ida y vuelta, salvataje de gallinas, sapos, ranas y sardinas, formaban sus procesiones algunos patos silvones, veintinueve gallaretas. Cadáveres de tijeretas, alpargatas y chimangos, iban allí navegando a la altura de la jeta.
El agua ablandaba todo, disolvió una mortadela y arrastró a catorce abuelas que miraban el torneo y la cosa se agravó, cuando uno de los presentes va y rompe inocentemente, el cuello de una botella; detergente había en aquella! Y otra desgracia se suma. La casa llena de espuma y un pánico que atropella.
Al final la correntada, los arrastró a una laguna, y le cortó treintaiuna! a un viejito protestón. Había llovido un montón y un criollo que se asomó, con la dialéctica, vió? tan típica del paisano, dijo cruzando las manos, ¡la p… como llovió!