domingo, 6 de septiembre de 2009

Princesa Inca

Un cuento de Santiago Sánchez

Por aquellos años, todavía jóvenes, seguía yo sin saber que hacer de mi vida, y las vacaciones nunca escapaban a la regla; pero sea como fuere, que ya no sé muy bien ni como fue, ahí estaba yo, esperando el año nuevo en la Plaza de Armas de la incaica ciudad del Cuzco, perdida entre los cerros del altiplano peruano. Creo que pocas cosas han marcado tan hondo mi alma como la matemática y la poesía urbana. Y esa noche las dos flotaban en esos últimos minutos de un envejecido pero aún noble 2001. Se venía un capicúa, dos-cero-cero-dos, el segundo y último de mi vida, y de la de todos aquellos en esa plaza. Aun confundido como siempre, no dudaba de que sería una noche para contar.
La plaza estaba colmada de gente. Gente de todos lados y de todos colores: brasileros, mendocinos, porteños, cordobeses, peruanos, yanquis, africanos y por supuesto, los siemprepresentes cara pálida: alemanes, belgas, finlandeses, noruegos, daneses y todas esas yerbas blancas. Hasta juraría que vi un marciano, aunque bien pudo ser un islandés. La noche estaba húmeda, las farolas brumosas, la lluvia agazapada en las nubes. La Catedral parecía vigilarlo todo como un gan centinela de ladrillo. Testigos menos impresionantes, pero más amigables eran los bares, boliches, y cafés que rodeaban la plaza. Las casas y calles de piedra nos recordaban sutilmente que estabamos en un lugar de otro tiempo. El murmullo general concentraba voces de todos los orígenes y parecía unificarnos.
Finalmente el 2001 expiró, y todos oímos el llanto de vida del 2002. Besos y abrazos en donde se fundían los más diversos colores y se mezclaban los idiomas, y los licores más raros sin entenderse pero entendiéndose igual.
La lluvia cayó puntual y todos empezamos a correr alrededor de la plaza. Parecía como si en vez de escapar de la lluvia quisiésemos atraparla. No se podía caminar, no se podía parar, todo era a ritmo de acelerada procesión. En algún momento la centrífuga nos lanzó adentro de un bolichón. Cuando quise acordar ya no tenía ni billetera ni anteojos. Seguro estarían en algún lugar de esa plaza loca, ahora más brumosa que antes. No me importó; estaba vivo, y tenía un año entero por delante.
Para empezar conseguí una cerveza y una silla. Algo más calmado busqué un poco de paz, pero me topé con la soledad. Recorrí entonces con nublada mirada el oscuro bolichón de contornos borrosos y vi de todo sin ver a nadie. Pero percibí algo fuerte. Me levanté con una fuerza que no era mía, y me dejé llevar. Me adentré en la selva humana, atravesando los más diversos grupos de personajes. Me sentía guiado y no tardé en saber por quién. Allí apareció ella, con esos ojos negro infinito que solo una peruana puede tener. De una mirada transformó mi rubia cerveza en un negro café. Sus ojos iluminaron los míos, y la pude enfocar. Morocha lacia de cuerpo compacto y prominente. Casi no hicieron falta palabras y empezamos a bailar. Su cintura sacudía mi mano y sus pechos rozaban mi camisa. Su pelo azabache olía a chocolate caliente. A su lado empecé a sentir la pureza de algo autóctono. Era el origen sudamericano. La muchacha llevaba en su sangre al Inti y a la Pachamama. Bailamos rumbas cuartetos y cumbias; yo me movía como si supiera, simplemente me dejaba llevar...
Del baile a los abrazos, y de los abrazos a las caricias, hasta que finalmente sus labios refrescaron los míos, y sentí que saboreaba un mango recién cortado...
Milagro del Cuzco, y del primer amanecer del 2002...